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Gerardo Vargas Landeros: la encuesta que derribó el monopolio del discurso oficial

#Opinión por: YOMERO


Dos años de campaña anticipada, toda la estructura de Morena y los recursos del estado desplegados a favor de sus candidatas y candidatos designados no fueron suficientes para borrar del camino a quien nunca contó con tribuna, ni con escaparate, ni con espacios en medios. Gerardo Vargas Landeros, objeto de una persecución política que se manifestó de múltiples formas, logró algo que muchos calificaron como imposible: aparecer en los primeros lugares de la encuesta del propio partido, la misma que midió el sentir de la militancia y la ciudadanía rumbo a la Coordinación de la Cuarta Transformación en Sinaloa.

La realidad que reflejan los números es aún más contundente cuando se revisa el contexto en el que se midió esa preferencia. Mientras otros aspirantes contaron con cobertura mediática favorable, eventos masivos, presencia permanente en espacios noticiosos y el respaldo explícito de figuras y estructuras de gobierno, Vargas Landeros transitó este camino con casi ninguna de esas ventajas. No tuvo escaparate público ni tribuna positiva. Su aparición en medios, en la mayoría de los casos, no respondió a una estrategia de comunicación propia, sino a la difusión de sus casos jurídicos, publicados y promovidos en repetidas ocasiones desde la propia Fiscalía, para que los medios con los que el gobierno del estado mantiene convenios los colocaran en portales y espacios noticiosos de manera destacada. Lejos de ocultarlo, el aparato estatal intentó usarlo como lastre. Y aun así, la ciudadanía respondió.

El resultado final lo confirma con claridad meridiana: de los trece aspirantes que se registraron para buscar la coordinación estatal del movimiento, Gerardo Vargas Landeros quedó como el hombre mejor posicionado en la medición. Segundo lugar general, solo por debajo de Imelda Castro, quien acumula más de ocho años como senadora y otros cargos de elección popular, con todo el reconocimiento, la estructura y la exposición pública que esos espacios otorgan. No fue una ventaja; fue una diferencia de recursos, tiempo y presencia que, según toda lógica política convencional, debería haberlo dejado muy lejos. Sin embargo, la encuesta del propio partido lo colocó donde muchos no querían verlo.

Estos números revelan algo más que una simple preferencia electoral. Muestran que cuando se intenta imponer desde arriba, cuando se utiliza el aparato del Estado para desgastar, desacreditar o excluir a quienes no forman parte del grupo cercano al poder, la ciudadanía tiene la capacidad de distinguir entre el discurso oficial y la realidad. Vargas Landeros no contó con el apoyo de la maquinaria, ni con publicidad institucional, ni con entrevistas favorables. Contó únicamente con el conocimiento que la gente tiene de su trayectoria, de su trabajo y de su propuesta. Y eso, pesó más que todos los recursos puestos en su contra.

Lo ocurrido en este proceso deja una enseñanza clara: ninguna encuesta, por más que se intente orientar, puede ignorar por completo lo que la sociedad siente y piensa. Que quien fue objeto de una persecución política sistemática, quien fue invisibilizado y señalado desde las instancias de gobierno, aparezca como el aspirante masculino con mayor respaldo y en el segundo lugar general, habla de una brecha enorme entre lo que el poder pretende proyectar y lo que la ciudadanía realmente valora.

Gerardo Vargas Landeros demostró que no se necesita ser el favorito del gobierno para ser el favorito de la gente. Que no se necesita tribuna oficial para tener voz. Y que cuando todo un aparato estatal se pone en marcha para inclinar una balanza, la voluntad ciudadana puede terminar por equilibrarla. Los números están ahí: fueron trece aspirantes, y solo Imelda Castro, con años de ventaja institucional, quedó por encima. El resto, con todos los recursos y todo el tiempo a su favor, no lograron superarlo. Ese es el dato que no se puede borrar, ni con dos años de campaña anticipada, ni con todos los espacios de todos los medios.

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