Sinaloa sin Paz, pero con festejos: el Grito sin condiciones que no debiera convocarse
Opinión por: El Guardian
¿Celebrar qué y para qué? La pregunta resulta inevitable y dolorosa, aún más tras lo vivido el día de ayer. Entre 30 y 50 mil sinaloenses salieron a las calles de Culiacán, no para festejar, sino para exigir lo más elemental: PAZ. Convocada por más de 30 organizaciones civiles bajo el lema “Sinaloa nos une, el grito de paz nos mueve”, la movilización reunió a familias, colectivos de búsqueda, empresarios, comerciantes, jóvenes y ciudadanos de distintos municipios, unidos por un mismo clamor: basta de violencia, basta de olvido, basta de normalizar lo que no puede ser normalizado.
Vestidos de blanco, desde las 7:00 horas con una misa en el Templo de La Lomita oficiada por el obispo Jesús José Herrera Quiñónez, liberaron cientos de globos blancos y recorrieron la avenida Álvaro Obregón hacia la Catedral con pancartas: “Somos más los que queremos vivir en paz”, “No queremos miedo, queremos paz”, “Nos prometieron paz, nos entregaron miedo”. La jornada ocurrió justo un día después de que 10 personas fueran asesinadas en tres municipios —4 en Culiacán, 5 en Mazatlán y 1 en Escuinapa—. Manifestantes quemaron piñatas con los rostros de la gobernadora y la presidenta, como señal de rechazo a dos años de respuestas insuficientes. Esa manifestación no fue oficial: fue la voz directa de una sociedad que ya no soporta más. Y justo frente a ese clamor, la decisión de Graciela Domínguez Nava de impulsar festejos patrios masivos este 15 de septiembre se vuelve aún más grave: pretende responder a un grito de auxilio con música y discursos, como si la celebración pudiera sustituir a la seguridad.
Sinaloa vive una crisis sin precedentes que exige prudencia y sentido común. No es percepción: son datos públicos, registros oficiales y testimonios cotidianos. A dos años del estallido de la violencia, hay municipios enteros donde hablar de celebraciones masivas no solo es irresponsable: es peligroso.
Las zonas críticas: los municipios con mayores índices de violencia —donde eventos masivos son un riesgo inasumible— son: Culiacán, capital con mayor número de delitos; Mazatlán, golpeada la actividad turística y comercial; Ahome, con inseguridad cotidiana que mantiene a todos en alerta; y Guasave, Navolato, El Fuerte y Salvador Alvarado, con presencia del crimen organizado, desplazamientos y restricciones a la movilidad. Las familias ya decidieron no concentrarse en espacios abiertos por seguridad. Las autoridades, en lugar de respetar ese temor, convocan a miles como si el riesgo no existiera.
Los datos que no se pueden ignorar.
Solo el sábado previo a la marcha: 10 asesinatos en un solo día. Organizar fiestas en este contexto no es optimismo: es irresponsabilidad. Es exponer a familias en espacios donde ni las propias autoridades garantizan seguridad. Es ignorar que miles de personas salieron ayer a decir: ya basta.
La gobernadora está asumiendo un riesgo innecesario para proyectar una imagen que no existe. La violencia no desaparece con un escenario ni un discurso. La seguridad no se decreta. La percepción no se cambia con actos públicos, sino con resultados y escucha. ¿Quién evalúa los riesgos de concentrar a miles donde la delincuencia opera con libertad? ¿Quién responde si algo sale mal? No se puede gobernar Sinaloa desde una burbuja, ni exponer a la gente por mantener una apariencia de normalidad.
Tampoco puede ignorarse la violencia contra las mujeres: con 166 feminicidios, una gobernadora debe ser la primera en entender que la seguridad no se escenifica. Convocar a fiestas mientras la violencia crece no es celebración: es insensibilidad.
La sociedad no necesita una gobernadora preocupada por aparentar que todo está bien. Necesita una capaz de reconocer que las cosas están mal y de tomar decisiones difíciles para corregirlas. Cancelar o reducir festejos en zonas de riesgo no es derrota: es prudencia, es respeto, es responder al mensaje que miles dejaron claro ayer.
Graciela Domínguez tiene la oportunidad de marcar una diferencia. Pero no se construye con fiestas mientras persiste la incertidumbre. Se construye enfrentando la inseguridad, exigiendo resultados y poniendo por delante la vida de los sinaloenses. Si para celebrar primero hay que pedirle a la realidad que se comporte como al gobierno le conviene, el problema no está en la realidad: está en quien pretende gobernarla sin querer verla. A la gobernadora habría que recordárselo: Sinaloa no necesita fiestas para convencerse de que está bien. Necesita que su gobierno haga algo para que pueda volver a estarlo. Y ayer, miles le dijeron cómo empezar: escuchando, entendiendo, y dando prioridad a la paz antes que al espectáculo



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