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Cuando hasta los de su mismo partido lo rechazan, algo está profundamente mal en Sinaloa.

#Opinion Por: Juan Francisco Lizarraga Lopez.

Rubén Rocha Moya llegó al poder arropado por el discurso de la transformación, prometiendo cercanía, sensibilidad y un gobierno diferente. Hoy, ni siquiera muchos de los suyos quieren cargar con el costo político de defenderlo. Y no es para menos, Sinaloa atraviesa una crisis de inseguridad, desgaste institucional y desesperanza que ya nadie puede maquillar con conferencias ni propaganda.

Lo que se vive en las calles no coincide con el optimismo artificial del gobierno estatal. Mientras las familias viven con miedo, los comerciantes sobreviven entre extorsiones y la violencia se vuelve paisaje cotidiano, Rocha siempre aparentaba atrapado en una realidad alterna donde todo “va bien” y que las críticas son exageraciones o ataques políticos.

La tragedia no es solamente la inseguridad. La verdadera desgracia es la desconexión. Fue un gobernador incapaz de entender el hartazgo social y cada vez más aislado, incluso dentro de Morena. Porque cuando los propios empiezan a guardar distancia, el mensaje es claro, el desgaste ya es inocultable.

Rocha pasará a la historia como el gobernador que normalizó el caos. El político que prometió transformación y terminó administrando el miedo. Bajo su gobierno, Sinaloa dejó de exigir resultados y comenzó a conformarse con sobrevivir al día siguiente.

Y quizá eso sea lo más grave de todo, haber convertido la decepción en costumbre.

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