La Ceniza de Nuestra Memoria: Plaza Fiesta Las Palmas
Por: Mario Gerardo Maldonado Grajeda
Hay lugares que no están hechos solo de concreto y varilla, sino de recuerdos compartidos. Para quienes crecimos en Los Mochis, Plaza Fiesta Las Palmas no era solo un centro comercial; durante muchos años fue el epicentro de nuestra vida social, el testigo mudo de una ciudad que empezaba a modernizarse y el refugio de toda una generación. Ver esa columna de humo negro elevarse sobre el cielo de nuestra ciudad no solo fue ver un edificio arder; fue ver cómo se consume una parte de nuestra propia historia.
Para los “niños de los 90”, Las Palmas fue el primer contacto con el asombro. Era un auténtico festín en época navideña: una plaza colorida y vibrante, llena de familias haciendo compras o simplemente paseando entre luces y adornos. ¿Quién no recuerda las tardes de comida en el extinto restaurante de Woolworth? ¿A cuántos de nosotros, desde niños, no nos vistieron con ropa de la icónica tienda “El Nuevo Bebé”? Aquello era un ritual de identidad mochitense.
Fue también nuestra escuela del trabajo; cuántos hoy profesionistas no empezaron ahí, con el uniforme de “cerillitos”, aprendiendo el valor del esfuerzo mientras empacaban mandado con una sonrisa. ¿Quién no recuerda el aroma inconfundible de los nachos que inundaba los pasillos, o las aguas frescas de La Michoacana, el único oasis real contra el calor de nuestro mayo sinaloense? Las Palmas fue el escenario de los primeros romances, de esas caminatas de “manita sudada” dando vueltas sin rumbo; fue el cuartel general de Santa Claus y el lugar donde compramos con ilusión cada regalo.
Hoy, ese motor de alegría se ha transformado en un monumento a la tristeza. El saldo es desgarrador: 6 vidas segadas, 84 heridos y familias que aún contienen el aliento por los hospitalizados que luchan por su vida.
La nostalgia se mezcla ahora con una indignación que quema. En redes sociales circula un video que hiela la sangre: en tan solo 38 segundos, el panorama pasó de una visibilidad total a una oscuridad absoluta. Ese medio minuto fue la frontera entre la vida cotidiana y el horror; el tiempo en que el humo negro se tragó las salidas, los rostros y las esperanzas.
Surgen preguntas que no pueden quedarse entre los escombros: ¿Acaso estamos ante la sombra de la corrupción? Las autoridades de Protección Civil aseguran que “todo estaba en regla” y se escudan en la fría máxima de que “no existe el riesgo cero”. Sin embargo, resulta inaceptable que en un lugar supuestamente regulado, la muerte encontrara una vía tan libre y veloz.
Si todo estaba en regla, ¿por qué el sistema falló de forma tan letal? La sociedad de Los Mochis merece más que una explicación técnica; merece justicia para quienes no regresaron a casa y para aquellos que hoy luchan por cada bocanada de aire.
Plaza Fiesta Las Palmas ya no volverá a ser la misma. Quizás se reconstruya, pero el vacío de las ausencias y el eco de esos 38 segundos de oscuridad quedarán grabados en el alma de la ciudad. Hoy lloramos a nuestros muertos y guardamos en un rincón del corazón aquellos años de inocencia que el fuego, con una rapidez inhumana, se llevó para siempre.



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